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Lamine Yamal destaca la diversidad en las selecciones de fútbol

Ni un arma arrojadiza ni un tabú - EL PAÍS

La polémica de la nacionalidad en el fútbol

Lamine Yamal, jugador de la selección española de fútbol, ha vuelto a destacar por sus declaraciones, esta vez en la rueda de prensa previa al partido entre España y Francia. Sus comentarios abordaron la diversidad cultural y de orígenes en ambas selecciones, presentándola como un aspecto positivo.

La discusión sobre la nacionalidad de los jugadores surgió a raíz de un artículo del expresidente Mariano Rajoy, quien afirmó que la selección francesa era «sin franceses». Esta declaración generó una considerable controversia, especialmente por haber sido emitida un día antes de la Fiesta Nacional de Francia, el 14 de julio.

La afirmación de Rajoy fue calificada de «estupidez o racismo» por el Elíseo, y tuvo repercusiones en ambos lados de los Pirineos, involucrando a los gobiernos de los dos países. En España, la frase fue utilizada como crítica hacia el PP.

La voz de Lamine Yamal y la integración

Lamine Yamal, con 19 años recién cumplidos, hijo de padre marroquí y madre guineana, ha sido el encargado de valorar públicamente la diversidad cultural en las selecciones. El joven futbolista ha resaltado que el fútbol es un ejemplo de integración.

No es la primera vez que Yamal se pronuncia sobre temas sociales. Anteriormente, criticó los cánticos racistas dirigidos al equipo africano durante un partido entre España y Egipto. Su postura firme y madura en estos asuntos ha sido notoria.

A pesar de su juventud y de algunos episodios de su vida que generaron atención mediática, como una fiesta de cumpleaños con disfraces y la exposición en redes sociales, Yamal demuestra una notable madurez en ciertas cuestiones. Su voz, según se ha señalado, tiene un peso considerable, y él la utiliza para recordar que la selección es un reflejo de la España real.

Lamine Yamal durante la rueda de prensa celebrada este lunes.
Lamine Yamal durante la rueda de prensa celebrada este lunes. Credit: lavozdegalicia.es

El debate histórico sobre la nacionalidad francesa

El debate sobre qué significa ser francés tiene una larga historia, que se remonta a la Revolución Francesa de 1789. Antes de este periodo, el Antiguo Régimen otorgaba el poder absoluto al rey, y la población era considerada súbdita. Con la revolución, la soberanía pasó a la nación y se estableció el concepto de ciudadanía.

La Constitución de 1791 reconoció como francés a todo aquel nacido en el país, aunque diferenciaba entre ciudadanos «activos» y «pasivos», con sufragio censitario. Para los extranjeros, se exigían al menos cinco años de residencia continua para obtener la ciudadanía.

La Constitución de 1793 fue más cosmopolita, eliminando las diferencias entre niveles de ciudadanos y simplificando el proceso para ser francés, requiriendo solo un año de residencia. También facilitaba la nacionalidad si se adoptaba un hijo, se casaba con un francés o se demostraban sentimientos hacia la causa revolucionaria. Este modelo se alineaba con el ius soli, el derecho de suelo, que otorga la nacionalidad por el lugar de nacimiento.

Sin embargo, el Código Civil de Napoleón Bonaparte en 1804 redefinió la nacionalidad, volviendo a enfatizar el ius sanguinis, el derecho de sangre, transmitido por vía paterna. Un hijo era francés si su padre lo era, independientemente de su lugar de nacimiento. Los nacidos en Francia de padres extranjeros debían reclamar la nacionalidad al alcanzar la mayoría de edad, tras diez años de residencia. Este código sentó las bases del marco jurídico actual.

A lo largo del siglo XIX y XX, la legislación sobre la nacionalidad francesa continuó evolucionando. En 1851, se amplió el derecho a la ciudadanía para los nacidos en Francia de padres extranjeros que también hubieran nacido en el país. En 1889, una nueva ley otorgó la nacionalidad a todo aquel nacido en Francia, incluso si sus padres extranjeros habían nacido fuera.

Bajo la Tercera República, antes de 1927, las mujeres francesas que se casaban con extranjeros perdían su nacionalidad. La reforma de 1927 permitió que conservaran su ciudadanía y la transmitieran a sus hijos nacidos en el país. Además, el tiempo de residencia para la naturalización se redujo de diez a tres años, una medida influenciada por la necesidad de mano de obra tras la Primera Guerra Mundial.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el Código de la Nacionalidad Francesa de 1945 consagró el ius sanguinis y el ius soli como principios equivalentes. En 1973, se legalizó la doble nacionalidad. Actualmente, el Código Civil francés contempla varias vías para obtener la nacionalidad, siendo la principal el derecho de sangre. También existe el doble derecho de suelo, donde el hijo es francés si uno de sus padres nació en Francia. El derecho de suelo simple permite que alguien nacido en Francia de padres extranjeros se convierta en francés a los 18 años, si ha residido en el país al menos cinco años desde los once. Para quienes no encajan en estos escenarios, la naturalización requiere generalmente cinco años de residencia previa, aunque este periodo puede reducirse en ciertos casos.

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Source: lavozdegalicia.es

Javier Moreno

Redactor de deportes con experiencia en fútbol y competiciones internacionales.